Monday, December 04, 2006

El Tata


Tuve un sueño espantoso, se me apareció don Miguel, el de las cajetillas de Cigarros: echaba humo por el orificio en la Garganta y de pronto sonaba como un tren. Chiki chi, chiki cha, chiki chum, chum chum, chiki, chuki chum, chi chi chi. Se acercaba cada vez más, el viejo estaba en pelota y corría a prisa, yo empecé a correr también, a arrancar específicamente. (O sea el viejo es feo, tira humo por la traquea y me perseguía en pelotas; sería pesadilla el asunto pero no iba a arriesgar la integridad). Aquí el sueño se torno especialmente extraño, de pronto ambos corríamos, como en cámara lenta, íbamos más rápido; pero por algún misterioso prodigio del inconciente, íbamos más lento. Estoy de acuerdo, incluso en mi tribu esto es considerado raro. La única explicación que tengo es una alteración neuroespacial debido al choque emocional de la escena, que provocó un exceso de endorfinas y adrenalina; esto hizo que el corazón se acelerara, imprimiendo una falsa sensación de velocidad, aun cuando la escena era efectivamente más lenta. Como cuando Alicia se hacía más pequeña al hacerse más grande. ¿O no era así? (La otra explicación es que mi inconsciente quería que el viejo me alcanzara pero es una teoria medio maraca, dejémosla de lado) En fin me estoy distrayendo y no es el tema, retomemos: La escena se vuelve más rápida y más lenta a la vez (ahora incluso suena bien, no digo yo, las contradicciones del lenguaje) y de fondo comienza a sonar una música. (Los sueños con banda sonora son lo último en interactividad no conciente) Una musiquilla muy familiar aunque en un comienzo no la podía reconocer. “Una cuncuna amarilla… debajo de un hongo vivía”. ¡La cuncuna amarilla de telón de fondo a la persecución! Era espeluznante, tratando de arrancar a mil por hora, y experimentando a la vez la sensación de cámara lenta, con el viejo del pucho detrás (que es como el reloaded del viejo del saco) y amenizado todo esto por Mazapán. Uf, Espeluznante, horrible, girardiano.
El viejo maraco trataba de acercarse demasiado a mi oreja (eso no es viril, no señor, no al menos en mi tribu) y yo corría más rápido (¿más lento?) y cómo que me susurraba algo, pero al viejo se le entiende poco, reconozcámoslo. Yo igual trataba de prestarle atención que en mi tribu somos gente respetuosa; pero a su distancia, que no soy weon tampoco. En fin, el viejo se esforzaba tanto que yo pensé, “Don Miguel quizás me quiere decir algo; para que tanto esfuerzo, si tampoco estoy tan rico”. Me di vuelta y Don Miguel venía corriendo vestido de viejo pascuero, con el orificio en la traquea echando humo, casi me alcanzaba al punto que yo respiraba puro humo. Decidí pararme y enfrentarlo – pensé- si tiene algo que decir lo escucharé, quizás sólo quiera darme consejos de salud pública- pensé también- Ahora si el viejo cochino, tiene malas intenciones obligado a sacarle la chucha no más, si al final no puedo arrancarte de un viejo maricón y enfermo, si por algo soy un hombre hecho y derecho- Pero justo, justo cuando pensé eso, la canción llegaba a ese momento en que la cuncuna se transforma en mariposa - pensé, -chucha capaz que a mi inconsciente le guste el hueveo- así que seguí corriendo no más –dije- de ahí que termine la canción, le pego al viejo-. Yo hace poco que sueño con banda sonora, pero en general hay alguna relación entre la música y lo que sucede, entonces mejor dejar pasar la musiquita de la mariposa y esperar algo así como Rage Again The Machine.
De pronto se produjo un silencio y una situación de tensión dramática increíble (así como Rafa Araneda anunciando un eliminado); justo entonces me di cuenta que Don Miguel me iba a alcanzar o algo peor y como la música había dejado de sonar me paré en seco. Entonces el viejo a la pasada me planta sendo palmazo (véase golpe, cachuchazo, cachamal o wate) y con frenético esfuerzo saca la voz “Arranca conchetuma…”. Yo que le hago caso a la gente mayor (excepto en eso de fumar) arranqué con fuerza, y ahora mano a mano, corriendo ambos, yo trataba de preguntarle de qué arrancábamos, pero el caballero experimentaba serias dificultades para hablar debido a su penosa enfermedad (nótese la evolución del personaje), aunque corría como endemoniado.
Hasta el momento, no me había fijado en el paisaje; pero en ese momento me di cuenta que estabamos corriendo como en un corredor sin puertas. Me di cuenta de ello porque por fin ví una puerta y se me ocurrió ocultarme, cerrada y luego otra y otra, innumerables puertas cerradas. Sólo nos paramos, no dabamos más. Y el viejo me dice “tamos muertos hueon, tamos muertos” Tranquilo Don Miguel, si tamos soñando. El viejo me agarra del cogote y me dice “que estamos muertos hueón”- Yo me acordé en ese momento que soy colocolino (La Rio, es como la caverna de Lascaux para mi tribu) y le increpe “Weno con quien vení a ponerte brígido, relaja la vena tata, no vengai na-ni-na-ni-na-pa-acá y la wea, ah” (toy medio fuera de forma lo reconozco, pero el anciano modificó su actitud ) y añadí –además yo taba arrancando de vo, o sea por la impresión me comprende (no le dije eso de que primero andaba en pelotas para no darle ideas), me refiero –añadí- a que anda ahí con el oyito al aire (mala frase, ahora que lo pienso); - o sea –proseguí- usted sabe lo de las cajetillas, igual da miedo eso. Usted por ahí hablando como Vader que le voy a explicar…..De pronto lo miro al viejo y chucha era Pinocho, no el de madera, no; Pinocho el viejo malo, el original, el cuco, el natre, el que debería salir en las cajetillas y ahí si que me dio juelepe; putas se me había olvidao que le tenía miedo al viejo. El viejo me mira y me dice “Tamos muertos”.
Desperté más asustado que la cresta, transpirando, agitado: ahora sí que no fumo más

Wednesday, May 03, 2006

Alm(oral)ejas

Escribo esto como testimonio e iniciación a la tribu de mi hermano chico, que está ya en la cumbre de la adolescencia (que como ustedes saben es un periodo muy valorado en mi tribu) . Me perdonarán entonces que diriga esta líneas especialmente al Cocho, mi hermano chico. La escribo también para ustedes y porque, a pesar de los kilometros recorridos en la tribu, había olvidado al alm(oral)eja fundamental, pero la recordé en forma trágica y brutal este fin de semana. ¿Cómo puede olvidar la mayor de las alm(oral)ejas, la más importante y fundamental?
Cocho: Eso es lo primero, una alm(oral)eja es una conquista. (No es fácil, en mi tribu acostumbramos a compartir estas cosas después de un riguroso rito de iniciación, que incluye diversos y variados taninos, en ningún caso un neofito tiene acceso a estas conquistas). Por ejemplo, "hoy no se fía, ayer se fió", esta es una alm(oral)eja, se trata de una convicción profunda y reveladora; pero compleja, pues hecha por tierra la vana esperanza de que mañana se fíe. "Hoy no se fía" eso lo sabe todo el mundo; pero además la mayoría creee ilusamente que mañana se fiará. Farzo, farzo. Esa es una conquista que toma años: Hoy no se fía porque ayer se fió. Pero este es sólo un ejemplo. Hay una alm(oral)eja por antonomasia, la madre de las alm(oral)ejas. Ésta es su historia.
Cocho: Antes debo prevenirte de algo. Hay diversas teorías que tratan de explicar esto de las alm(oral)ejas. Las más rebuscadas dicen que la etimología viene de una combinación de oreja y oral, sería como una especie de sabiduría que se traspasa oralmente. Pero esta teoría es muy dudosa y además deja fuera la raíz 'alm', que no es poca cosa (En mi tribu sentimos una amor profundo por las palabras, por eso NUNCA las hacemos tira, eso es de mal gusto). Por otra parte, las alm(oral)ejas no nos hacen necesariamente más sabios, la sabiduría caga a la tribu (recuerda eso es importante).
El padre de las alm(oral)ejas es Andrés Calamaro, no hay otro, no creas otras teorías que han dado vueltas por ahí. Aunque Andrés, el mismo, nunca ha querido teorizar al respecto; pero indiscutiblemente lo es. "Elvis está vivo" ahí comienza todo el espíritu de la alm(oral)eja, escucha esa canción, repitela, sácala en la guitarra, aprendela de memoria, tatuala en tus brazos. Todo comienza ahí. Es cuestión de juventud o de vejez: En Memphis todos lo saben; pero es gente muy discreta. Verdadera teología memphita. Ya hablaremos de eso, no hay que apurar demasiado. Ahora sí la historia de la alm(oral)eja.
Cocho, querido hermano, antes de continuar debo decirte que esto ocurrió hace muchos años, quizá en otra edad del Mundo; pero una alm(oral)eja siempre se cuenta en primera persona, no es posible hacerlo de otro modo. Las fábulas le ocurren a otros, los cuentos le ocurren a personajes, las historias le ocurren a los sujetos; pero las alm(oral)ejas esas nos ocurren a nosotros, siempre a nosotros, como las canciones. Por eso las alm(oral)ejas están siempre ocurriendo, no se fían. Como ya te he prevenido debo contarla en primera persona, es una exigencia del estilo. (Esto es algo muy olvidado, pero en la tribu el estilo es importante y nos gusta recordar). De todos modos, hay algunos que las cuentan en primera persona singular y otros en primera persona plural, yo prefiero alternar para darle más colorido, ya te tocará a ti decidir tus relatos. He aquí la historia.
In illo tempore, luego de una ajetreada reunión de la tribu, donde discutimos asuntos importantes hasta el amanecer acompañados de diversos brebajes rituales, me encontré caminando, en plena feria libre (la feria es definitivamente mejor que el supermercado, eso opinamos en mi tribu). De pronto un puesto de refinado aroma me atrajo hacia sí y me sedujo de una dulcedumbre encandilante. Unas almejas maravillosas coronaban dicho local, perfumando doquiera quien pasara. Ricas, ricas. Como la fruta madura. Ricas, ricas, como la cerveza helada. Ricas, ricas, como la pizza calentita. Ricas, ricas (cada cual puede continuar con las metáforas que le parezcan , que no es el asunto de este relato). Me lleve dos kilos, para compartir, y cilandro, y jugosos limones y algunas cebollas terminaron el cuadro. Tú, Cocho, ya conoces perfectamente la seducción de aquello. Las preparamos con presteza y cariño. Estaban ricas, ricas. Como la fruta madura, como la cerveza helada, como la pizza calentita. (Tan ricas que hasta ahora me acuerdo y relamiéndome en sumo gozo revivo el placer de aquellas almejitas). Pero estabán malas, tanto como ricas, caí a la posta y me sometieron a una serie de procedimientos desagradables y a otros vejámenes que no quiero recordar.
ALM(ORAL)EJA: No siempre son buenas, cuando están ricas.
PD: Para quienes me quieren, no se preocupen, no me cagó ninguna mina; pero este fin de semana me dió una tremenda gastritis. La alm(oral)eja igual vale, en cualquier caso.

Ri-somas, risas, rimas, ri�as y somas porsupuesto: Alm(oral)ejas

Monday, November 28, 2005

100% Puro Café

Desde hace algún tiempo adquirí la costumbre de leer las etiquetas. Es una costumbre rara, de hecho, yo creo que no es una costumbre propia de mi tribu, sino que la he adquirido con el tiempo. Especialmente cuando voy al supermercado. De todos modos eso me ha entregado una cierta sabiduría respecto de los asuntos terrenos. Por ejemplo, una camisa con más porcentaje de algodón es una camisa que necesita ser planchada, por lo tanto, es una camisa que nunca me pondré. Los alimentos por lo general traen una fecha de vencimiento, y si se pasan de esa fecha, definitivamente no son convenientes. Además tienen instrucciones de preparación que hay que leer cuidadosamente, pues algunas ocupan un lenguaje muy extraño. Si la etiqueta dice algo como ‘baño maría’, ‘espumadera’, ‘gratinar’, ‘a punto’, ‘semi punto’, ‘sazonar’; definitivamente se trata de un producto que va a ser un dolor de cabeza, y que más vale dejar donde mismo lo encontraste. Las verduras son algo un poco más complicado, yo no me entiendo bien con ellas.
Me distraje un poco, (en mi tribu tenemos esa particularidad de estar hablando de una cosa y terminar en otra; hay algunas ideas que explican esto, pero no son muy coherentes). El asunto de fondo es que adquirí está costumbre, costumbre rara, pero necesaria. Al principio las idas al supermercado se vuelven largas y agotadoras, demasiadas cosas que leer y comparar; con el tiempo ya conoces ciertos productos y vas ajustando el tiempo. Pero la costumbre se me trasladó a otros ámbitos y de pronto me descubrí yendo por la vida, leyendo los cartelitos en el metro, las poleras de la gente, las boletas de almacén; en fin todo lo que saliera en letra chica o pareciera ingrediente. Llega un momento en que todo se vuelve muy extraño, y es que anda demasiada información paseando por ahí, disfrazada de letra chica, encapuchada en los boletos de micro, pequeñas leyendas jugando a pasar desapercibidas. ¡Pero dicen cosas! A veces dicen cosas triviales (no tribales, no confundir), a veces cosas extrañas, a veces cosas en varios idiomas. El problema no es la lectura, yo estoy acostumbrado a leer, me gusta, por oficio además estoy obligado a gran cantidad de lectura; pero los libros son distintos (los libros son como los tatuajes: se llevan en la piel; esa al menos es la creencia de mi tribu). Los libros están hechos para ser leídos, no esconden; pero estas malditas letras chicas, es una forma de escritura muy distinta, ¡Son letras chicas! La idea justamente es que no se lean, y a la vez dicen tantas cosas. Hay como una especie de complot en las letras chicas, uno puede leer un libro y criticarlo, no estar de acuerdo, escribir en contra; pero a estas malditas instrucciones uno les cree sin más. Y no hay razón para ello, tienen un poder de convencimiento enorme, hacemos un acto de fe, se ven pequeñas e inofensivas y les creemos.
La etiqueta de mi café, por ejemplo, proclama 100% puro café, es café instantáneo, que sólo necesita agua caliente y está listo. Pero el café nunca ha sido instantáneo, el café viene en grano, y si uno muele un grano, el polvo que resulta no es instantáneo, debe ser colado ¿Cómo creer a la etiqueta que me dice 100% puro café? Debe haber algo más, pero la etiqueta no lo dice. A estas alturas de mi meditación me asalta una idea terrible. La verdad es que yo no he visto nunca un grano de café, ni lo he molido con mis manos, ni he intentado preparar un brebaje con el polvo de la molienda, conozco todos esos procedimientos porque los veo en los comerciales, y en las malditas etiquetas; pero en las etiquetas del café no puedo confiar, porque ellas definitivamente me dicen que su contenido es 100% puro café y eso es inviable, y quienes hacen los comerciales es la misma gente; así que en el fondo ni siquiera puedo afirmar que el café provenga de granos. Mi acto de fe en las etiquetas, en el fondo es un acto permanente. Alto, en mi tribu somos gente cariñosa y de buenos sentimientos, pero con una salud mental delicada, definitivamente no me conviene seguir con este tipo de ideas.
De hecho, no me hubiese atrevido a escribir estas meditaciones si no fuera por un acontecimiento tan terrible como curioso que me acaba de suceder. Una vez abandonada estas ideas sobre el café y su procedencia, decidí seguir el curso normal de mi existencia, me tomé un café, como cualquier sujeto, cualquier día, y como un asunto me obligaba a trasladarme en micro, me encaminé al paradero, hice parar uno de los buses nuevos del Transantiago y coloquialmente le solicito al conductor: -“Compadre, me avisa en Carlos Valdovinos”-. Quedé absolutamente atónito con su respuesta –“no sé bien cuál es”- y añadió –“es que toy recién”-, acompañando esta última afirmación con un rostro de inocencia que podría hacerle ganar el papel de Heidi en el remake de Tarantino. Me fui a sentar pensando ¿se sabrá el recorrido? ¿y sabrá manejar bien? ¿y querrá hacer el recorrido o más bien llevarnos a cualquier otro lugar? Puros actos de fe, uno tras otro, todos los días: en el café, en la micro, en el médico, viendo las noticias. Uf, en mi tribu somos gente que le gusta confiar en los demás, incluso cuando olemos algo raro (Nos equivocamos harto pero dormimos bien). Ahora bien, esto de vivir en un permanente acto de fe, con todo y con todos -Uf de nuevo- es un descubrimiento algo estresante, especialmente en periodo electoral.

Monday, October 24, 2005

Tran (santia) go Feroz


Siempre me ha molestado algo de las películas pretenciosas, algo que no tengo bien claro, pero que causa una sensación de ‘puaj’ en el estomago. Hay películas que ‘tocan’, que producen cosas, esas me parecen películas profundas, las que causan algo en la piel (En mi tribu consideramos que la piel es algo muy profundo). No me refiero a ese tipo de películas; sino al tipo que quiere, a toda costa, dejar una moraleja. Lo mismo me pasa con los libros, aborrezco profundamente los libros de Coelho y otros semejantes. Las historias que pretenden dejarte algo y abusan de personajes simplones o imágenes clichés. Ahora que lo pienso, me pasa lo mismo con las canciones (En mi tribu claramente preferimos los Auténticos Decadentes a Ricardo Arjona).

El Miércoles fui con un grupo a ver ‘Tango Feroz’, una película argentina situada en los sesenta con una banda sonora bien intensa (De hecho en mi tribu hace muchos años que cantamos una de las canciones de la película, sin mucha idea de su origen). Curiosamente la película me pareció muy difícil de calificar ¿Era una película de piel o de estomago? Me causaba una sensación de ‘puaj’ en el estomago, y a la vez un escozor en la piel. Lo lógico era haber comentado la película con el mismo grupo después de verla, pero esto no sucedió. (Seguramente a algunos esto no les parecerá necesario; pero en mi tribu es absolutamente lógico y de una necesidad mayor que después de ver una película, te vas a tomar una cerveza y a comentarla. Lo contrario sería como entusiasmar a alguien con un libro y después no prestárselo; en mi tribu definitivamente no es decente hacer eso, no señor). Bueno, me quedé entre el puaj del estomago y el escozor de la piel. Los puaj siempre pasan; pero los escozores son molestos, cualquier cosa en la piel lo es, especialmente en primavera con sus múltiples alergias. Anduve canturreando el jueves y el viernes, entre la oficina y clases, entre el metro y la micro, entre dientes y a todo chancho, unas y otras veces. “Yo vivía en un bosque muy contento…las mañanas y las tardes eran mías…” Hasta que el viernes, en una reunión, de algo absolutamente confuso y distinto a lo que estoy contando, caí en cuenta del asunto (‘me pegé el alcachofazo’ para quienes conocen la lengua de mi tribu). Claro, la película era de estomago; pero la música, la música era de piel, definitivamente. (Lo que sucede es que en mi tribu nos pasa algo muy curioso los viernes, como que uno ve más claro, anda más contento, recibe iluminaciones de los ancestros, le sonríe a la gente, se le ocurren cosas geniales, se acuerda del resto de la tribu, los llama por teléfono; de pronto ya no existe la juventud o la vejez, la salud o la enfermedad. Los lunes sucede todo lo contrario; hay muchas teorías que explican esto, pero el asunto no está totalmente zanjado).

En fin, la película tenía adolescentitis, pubertad jipísima prolongada en forma crónica. Con toda razón me descompuso el estomago; pues yo tengo un respeto sumo por la adolescencia, por sus contradicciones y sus espasmos, y especialmente por su capacidad de creer. (En mi tribu veneramos también a los niños y a los viejos) Pero la adolescentitis, eso es otra cosa. Hay tantas cosas valiosas y bellas en la adolescencia como para transformarla en patología crónica. De pronto, la película me pareció una falta de respeto a mi propia adolescencia (Periodo crucial y muy fructífero en mi tribu, pero que me dejó atrás, hace ya un buen rato). Me quedé con la música “Pero un día vino el hombre con sus jaulas…me encerró y me llevo a la ciudad, en el circo me enseñaron las piruetas…” Una cuestión de piel.

El viernes la idea era ir a bailar cueca brava (Esto puede parecer extraño, especialmente a quienes leyeron mi incursión en el regetton de la semana pasada; pero en mi tribu le hacemos a la cueca brava tupío, parejo y durante todo el año). Se suponía que los Trukeros tocaban en CONACIN: Información falsa. Guatazo. Bueno, partimos al Huaso Enrique, uno de los lugares donde la cueca brava suena todo el año (por si alguien de mi tribu está leyendo esto, ese es un excelente dato); pero, donde el Huaso, el día anterior un evento apoteósico había dejado a todos dañados y estaba cerrado. Guatazo profundo e inesperado. Vuelta a la bicicleta, el grupo había pedaleado de Nataniel a Matucana, y ahora métale pedaleo a Brasil. Unos sobre el volante de las bicicletas, otros sobre el marco, y otros evidentemente pedaleando y tratando de maniobrar. Entre tanto pedaleo, el suave cariño que los adoquines hacen a las bicicletas y los múltiples saludos, consignas y parabienes que la gente nos hacía (debe haber sido un espectáculo ese grupúsculo de madrugada en bicicletas sobrecargadas, por calles llenas de hoyos y con más de un brebaje encima), de pronto caí en la cuenta que recién se había inaugurado el Transantiago, micros nuevas, grandotas; recorridos que hay que adivinar, fuegos artificiales chayas, y una serie de otros etcéteras. El día de la inauguración del Transantiago, y nosotros multiachoclonados en bicicleta y tarareando. Berp.
“Conformáte, me decía un tigre viejo, nunca el techo, ni la comida han de faltar; sólo exigen que hagamos las piruetas, y que a los chicos sepamos alegrar…”

Ya se me olvidó a lo que iba ¿Cuál era la relación de esto con lo primero? Ah, que siempre podemos conservar algunas de las cosas valiosas de la adolescencia, como compartir una bicicleta de madrugada; sin la necesidad de idealizar la pubertad crónica. (En mi tribu diríamos ‘respeto con la propia piel’).